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4 de jul. de 2007

Leyenda del indomable!!!!!


Nota en Diario Clarin
EscribeGaspar Zimerman
gzimerman@clarin.com

Tengo una ilusión: que mi obra se escuche en el 2020. Y en el 3000 también. A veces estoy seguro, porque la música que hago es diferente. Porque en 1955 empezó a morir un tipo de tango para que naciera otro, y en la partida de nacimiento está mi Octeto Buenos Aires. Voy a tener un lugar en la historia, como Gardel. Lo que no quiere decir que quedemos archivados. Gardel perdura; conmigo va a pasar lo mismo, porque no soy un mediocre. Es mi mayor valor, quizá mi mejor virtud. (Del libro Astor Piazzolla. A manera de memorias, conversaciones con Natalio Gorín).Desde el principio, Piazzolla intuyó que su misión en la música excedía a un género o a la interpretación virtuosa de un instumento. Que lo suyo era inventar sonidos propios, inauditos, revolucionarios. Cuenta la leyenda que recibió su primer bandoneón de pequeño, como regalo de su padre, Vicente, Nonino, acordeonista aficionado y amante del tango. Pero durante muchos años, el instrumento quedó guardado en el ropero: el niño soñaba con una armónica; sentía rechazo por esa música triste que escuchaba en su casa y se rebelaba a las clases de solfeo. Hizo falta que la ebullición hormonal encaminara en serio el asunto: el adolescente se marchitaba en una ciudad que sentía provinciana, y huyó de ese insípido transcurrir.Mar del Plata contrastaba con la Nueva York donde había pasado parte de su infancia y pubertad: dos veces la familia había ido en busca del sueño americano. Allí, Astor había descubierto a Calloway y las orquestas de jazz que tocaban en el Cotton Club, había tocado el bandoneón disfrazado de gaucho en un cabaret, había sido extra al lado del mismísimo Carlos Gardel en El día que me quieras. Y también había empezado a mostrar en sucesivas batallas callejeras ese carácter agresivo que tanto le reprocharían en el futuro. La vida, decididamente, no podía ser apenas una siesta pueblerina.Con sólo 16 años, partió hacia Buenos Aires y se hizo habitué del café Germinal, donde tocaba la orquesta de Aníbal Troilo: se coló en la formación una noche que se enfermó un bandoneonista. Permaneció en la orquesta entre 1939 y 1944, y llegó a ser primer bandoneón y arreglador. Al mismo tiempo estudiaba con Alberto Ginastera: uno de los tres maestros que reconoció, junto con Nadia Boulanger y la ciudad de Buenos Aires que, decía, le enseñó "los secretos del tango".El los aprendió y les sumó los suyos, como el swing y el contrapunto: "Supe desde siempre que lo mío era el tango, pero más allá del tango conformista, haragán, de la mayoría de los tangueros; que había que cruzarlo con otras cosas, enriquecerlo, llenarlo de riesgo". Empezó a aplicarlo con Troilo y, sobre todo, desde que dejó la orquesta. Allí comenzaría el via crucis de enfrentamientos con el ambiente tanguero. "Desde que largué con Troilo -recordaba- fue cambiar, enfrentarme a la resistencia de la gente, a los tangueros ultraconservadores que me despreciaron, me segregaron, me insultaron como si hubiera sido el demonio".Esas peleas fueron verbales pero también físicas, y él se defendía y atacaba con sus puños, su lengua filosa y, sobre todo, su música: "Cuando empezamos con el Octeto parecíamos salidos del ERP... ¡Eramos ocho guerrilleros subidos a un escenario! Yo rompía el bandoneón todas las noches y el Gordo Federico también. Cada uno, en lugar de un instrumento, parecía que tenía una bazuka. Habíamos convertido el escenario en un ring de boxeo". Los conflictos permanentes no sólo le causaban amargura, sino vaivenes económicos: sólo al final lograría superar todo, gracias al reconocimiento que consiguió, primero en el exterior, y luego en el país ("En la Argentina -reflexionaba- creo haber logrado ese objetivo en los últimos años, aunque todavía queda por ahí un chistoso que me grita: Tóquese un tango, maestro"). Amante del mar, la pesca de tiburones, la cocina; disciplinado y riguroso hasta el autoritarismo; capaz de decir que "un instrumento es mucho más que la mujer, que un hijo" pero también que "si la música carece de diversión, no sirve para nada". En 1990 había superado un cuádruple by-pass y por fin estaba en un momento de calma, cuando una trombosis cerebral inició una agonía que terminaría el 4 de julio de 1992. Tenía 71 años.